lunes, 7 de octubre de 2013

Día 280 - La canallada

Hoy me desperté cantando “Traición”, de Miranda. Afortunadamente, la experiencia que vivió Samuel viajando como mochilero hizo que abandonara la práctica del rat, esa variante del rap que no contempla el uso de palabras que contengan la letra “p” y que sólo le había servido para exasperarme. Unos minutos después de las dos de la tarde sonó el timbre. Sabía que era la falsa Lucrecia, que había venido para que tuviéramos nuestro primer entrenamiento.
―¡Es para mí! ―dije y bajé directamente para evitar que Samuel supiera con quién iba a estar, porque temía que el rumor llegara a oídos de Vicky.

Como no tenía dinero para pagar una jornada en algún club de box, la llevé al gimnasio de Arnoldo Jorge Negri, donde me proponía pasar desapercibido para que el Gigante Musculoso no supiera que estaba ahí, entrenando a una mujer que no era Vicky. Lucrecia estaba desesperada por subir al cuadrilátero, pero la disuadí diciéndole que trabajaríamos de acuerdo a mis métodos o no trabajaríamos. Al menos en nuestro primer día, no quería que atrajera demasiada atención.
Las cosas no salieron como yo esperaba, porque le indiqué que le pegara a la bolsa, y resultó ser tan veloz, tan ágil y eléctrica en sus movimientos, que en seguida más de veinte personas se reunieron en torno a ella nada más que para observarla. Era mi oportunidad para vender mi trabajo como entrenador, para hacerle saber al mundo que la boxeadora ucraniana que maravillava a todos los presentes era mi pupila. Me paré junto a ella, le dije que había hecho suficiente bolsa por un día y le propuse pasar al cuadrilátero para hacer guantes.
―¿Alguno se anima? ―pregunté a los hombres que se habían acercado para verla, pero, intimidados por la destreza de la falsa Lucresia, se dispersaron y retomaron sus ejercicios. Desde lejos, mientras nos acercábamos al ring, vi lo que nunca imaginé que vería. Yo sintiéndome que me carcomía el remordimiento por haberla traicionado y Vicky estaba ahí, sobre el cuadrilátero del gimnasio, haciendo guantes con Arnoldo Jorge Negri. No podía creer que mi amada me hubiera traicionado y hubiera retomado los entrenamientos sin mi participación. Por un momento consideré la opción de enfrentarlos y decirles todo lo que pensaba acerca de la canallada que estaban cometiendo, pero concluí que lo mejor sería dejar que pasara el tiempo, analizar la situación en la tranquilidad de mi monoambiente (que, dicho sea de paso, era propiedad de Vicky) y recién entonces proceder.
Para irme de ahí tenía que convencer a la falsa Lucrecia. Para hacerlo le dije que el cuadrilátero estaría ocupado por un largo rato todavía y que lo mejor sería que aprovecháramos el tiempo yendo a hacer ejercicios aeróbicos en la plaza más cercana.

2 comentarios:

  1. Le tengo fé a la falsa Lucrecia.... puede ser una verdaderia reina del box.

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    1. Esperemos que así sea, Fernando. Me vendrían bien un poco de éxito y dinero.
      Saludos!

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