lunes, 4 de noviembre de 2013

Día 308 - Pensamientos sindicales

Hoy me desperté en mi habitación de hospital cantando “Carcelero suéltame”, de Pepe Suero. Concluida la canción, comí lo que encontré en la bandeja: una sustancia sosa y descolorida como la de todas las comidas que me daban. Supe que se trataba del desayuno por la fisonomía de los utensilios y porque la enfermera que la había traído era la del turno mañana. La cama de al lado era ocupada por un nuevo compañero de habitación que dormía plácidamente. Si bien era temprano para saberlo, mi instinto detectivesco me decía que se trataba de un solitario que, al igual que yo, no recibiría visitas. Tan solitario se me antojaba, que decidí dejarlo solo y salí, con mi suero a cuestas, a recorrer los pasillos del hospital con la intención de vigilar de cerca al médico cuya alimentación era la clave del caso que me había encomendado Luis Miguel.

Fue la misión más sencilla en lo que va de mi corta y exitosa carrera como asistente de detective. Me llevó más tiempo encontrar al médico que hacerme una idea cabal acerca de sus hábitos alimenticios. Era mediodía cuando lo vi. Vestido con un largo delantal celeste, guantes de látex, gorro y barbijo, daba, en el interior de un quirófano, instrucciones a un grupo de residentes que lo oían con atención. Sobre la camilla de operaciones, un hombre pronto a ser intervenido dormía el sueño de los anestesiados. De repente, entre una indicación y otra, mientras con una mano señalaba vaya uno a saber qué parte del cuerpo de la víctima, el médico al que debía investigar se valió de su otra mano para sacar de uno de sus bolsillos un choripán envuelto en servilletas de papel. Se corrió el barbijo, le dio un mordisco al sándwich, volvió a guardarlo en el bolsillo, reacomodó el barbijo y, mientras masticaba, siguió impartiendo instrucciones a sus subordinados.
Definitivamente, nací para ser detective. Acarreando el perchero con ruedas del que colgaba el suero conectado a mis venas, regresaba a mi dormitorio pensando que la próxima vez que lo viera a Luis Miguel le pediría un aumento de los cero que cobraba hasta ese momento a cien pesos por caso. De repente, una voz familiar me distrajo de mis pensamientos sindicales. Giré y vi, en los confines del largo pasillo, a Justicia Social, la cuarentona hija del candidato a la que había conocido durante las últimas elecciones; hablaba con un médico. Aferrando el perchero con ruedas con una de mis manos y tratando, con la otra, de peinarme un poco y mantener cerrada, al mismo tiempo, la delgada bata de papel que me separaba del nudismo, avancé unos pasos en dirección a ella y comencé a gritar:
—¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia Social!
Tres guardias de seguridad me rodearon de manera inmediata y, tras arrojarme al piso y esposarme, me llevaron a una oficinita oscura en el segundo subsuelo. Ninguno de los tres dio crédito a mis explicaciones; tampoco el administrativo del segundo subsuelo estuvo dispuesto a creer que estuviera llamando a una mujer cuyo nombre fuera Justicia Social.
Los disturbios que ameritarían su expulsión —decía un fragmento del comunicado que me leyó— son a su vez, a causa del vigor manifestado, prueba suficiente de que el paciente Gris, Natalio está en condiciones de recibir el alta. Su salida del hospital se producirá de manera inmediata y será rotulada como Alta Forzosa. Si bien, por tratarse de un establecimiento público, la autoridad que suscribe no cuenta con la potestad necesaria para aplicar el derecho de admisión sobre el paciente, se apela, con respeto y de buen grado, a la buena voluntad del mismo rogándole que acepte la invitación a no volver a poner un pie dentro de este hospital.
Me quitaron las esposas para que firmara el papel, guardé la copia que me ofrecieron y me fui, lamentándome por haber estado tan cerca, y a la vez tan lejos, de reencontrarme con la Justicia Social.

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