jueves, 31 de octubre de 2013

Día 304 - La ventaja de la luz del día

Hoy me desperté cantando “Se fue”, de Laura Pausini. Tenía pensado revelarle a mi madre todo lo que había averiguado en relación a las verdaderas intenciones de mi padre. En realidad, no tenía mucho más que un puñado de sospechas y presunciones, no sabía con exactitud qué era lo que estaba tramando, pero supuse que informarle que las demás mujeres de mi viejo estaban en la ciudad bastaría para que mi vieja hiciera un escándalo.
Había decidido esperar hasta las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en la que mamá solía despertar de la siesta, pero no me aguanté y, ni bien terminé de desayunar, a eso de las diez y media, marqué el número de su casa en mi celular. Sonó una vez, sonó dos veces, estaba sonando una tercera cuando la interrupción del tonó me indicó que alguien había levantado el tubo.
—¿Hola? ¿Mamá? —pregunté, pero nadie respondía.

Colgué y volví a llamar. Esta vez levantaron el tubo de inmediato, antes de que concluyera el primer tono, pero, nuevamente, nadie me respondía. Me asusté. ¿Quién carajo respiraba al otro lado del teléfono? ¿Por qué no contestaban? ¿Serían secuestradores? Volví a colgar, volví a llamar, volvió a suceder lo mismo. Entonces insulté, grité, lloré, supliqué que no le hicieran nada y, por si se les ocurría pedir un rescate, les aclaré que no tenía trabajo.
Definitivamente, tenía que ir hasta la casa de mi madre y averiguar qué era lo que estaba pasando. Pensé en llamar a la policía, pero, si se trataba de un caso de secuestro, era muy probable que estuvieran involucrados, y si no lo estaban, el hecho de informarles pondría en peligro la vida de mi madre, porque no en vano en todas las películas de secuestros les advierten a los familiares de las víctimas que, si dan aviso a la policía, algo malo podría sucederle a la persona cautiva. A Luis Miguel tampoco podía pedirle ayuda, porque si todavía me estaba cobrando con trabajo forzoso los dos favores de mierda que me había hecho, no quería imaginarme lo que me costaría uno en el que estuviera en juego la vida de un familiar directo. Vicky, sí, supongo que olvidaría nuestras diferencias, al menos mientras durara el intento de rescate, pero ¿qué consideración tendría de mi hombría si la llamaba para que resolviera mis problemas? Además, seguramente vendría con Arnoldo Jorge Negri, su amigote inseparable. ¿Lucrecia, la falsa Lucrecia? No, esa ucraniana insensible que jugaba a la rayuela en medio de una ciudad sitiada y para quien una lluvia no era una verdadera lluvia si no incluía misiles, no iba a considerar que un secuestro ameritara salir de su casa para asistirme. “Ya la van a soltarrr, señorrr” me diría. “Y si no, ¿qué es lo peorrr que puede pasarrr? ¿Qué la maten?”. No, estaba solo en el mundo. Ni siquiera podía contar con la ayuda de mi primo Luján, de Luján, porque desde que se había convertido en un emisario de la paz y el amor, no permitía que le contaran nada que involucrara algún acto de violencia, y para un pacifista radical como era él, la simple acción de hablar comportaba algún grado de violencia.

¿Estaba solo? Sí, pero no por eso iba a amilanarme. ¿Iba a ir hasta allá? Sí, pero a la noche. Conocía hasta el detalle la casa de mi infancia y no iba a darles a los secuestradores de mi madre la ventaja de la luz del día.

2 comentarios:

  1. Parece un buen plan, ir solo y de noche. No olvides ponerte ropa negra, y capucha.

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    1. Es un gran consejo, Fernando. Muchas gracias.
      Saludos!

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