domingo, 29 de septiembre de 2013

Día 272 - Poquito a poco

Hoy me desperté cantando “¿Qué te sapa, loquita?”, de Néstor Briyo. Al mediodía debía pasar a buscar a Vicky y, como no quería perder ni un solo minuto, fui a bañarme sin esperar a haber terminado la canción. Tras salir de la ducha, me afeité, me vestí, me perfumé y me senté a pensar en cómo encarar la charla con Vicky mientras dejaba que pasara el tiempo para asegurarme de cumplir con el Cuarto Mandamiento de los Diez que me transmitió mi padre: “Llegarás tarde a todos lados”. Antes me había asegurado de vestirme con un pantalón al que no se le bajara el cierre, para no incumplir con el Sexto Mandamiento.
Llegué a la casa de Vicky a las cinco menos diez de la tarde, doscientos noventa minutos después de la hora pautada. Atendió el padre y, al verme al otro lado, cerró la puerta frente a mi cara, sin saludarme ni decirme si le avisaría a su hija que yo había llegado. A los pocos segundos, mi amada abrió la puerta. Su rostro y sus ojos, sobre todo, sugerían la idea de que había estado llorando.

—¿Qué te pasa, loquita? —le pregunté, condicionado, quizá, por la canción que había cantado al despertar.
—¿Qué me pasa? ¡Qué soy una boluda, eso me pasa, porque volví a creer en vos! —me dijo y rompió en llanto.
La abracé con fuerza y, aunque en un principio trató de apartarme, pronto cedió. Fue muy lindo sentirla entre mis brazos. Me llevó un buen rato, pero, tras insistir, logré que accediera a ir a tomar un café conmigo. Nos sentamos en un bar y vino el mozo a tomarnos el pedido. Yo pedí una lágrima con edulcorante. Vicky se sorprendió, porque sabía que prefiero el azúcar y desconocía la existencia del Noveno Mandamiento, pero no me dijo nada y pidió una botellita de Fanta.
—¡No! —grité yo. El mozo se quedó pasmado.
—¿Qué te pasa, loquito? —me preguntó mi amada.
—¿Confiás en mí? —le pregunté yo.
—No —respondió ella.
—Bueno, de todas formas, no pidas esa bebida —le dije y, dirigiéndome al mozo, agruegué—. Olvide la Fanta. Traigamé una soda y un vaso de jugo de naranja.
El mozo regresó con el pedido, le puse edulcorante a mi lágrima, la revolví y después, mezclando la soda y el jugo de naranja, le preparé a Vicky una rica Fanta casera. Creo que la sorprendió positivamente el hecho de que hubiera adquirido un conocimiento inaccesible para la mayoría de los mortales.

Sí, gracias a la sabiduría que me transmitió mi viejo, por el camino de los Mandamientos, poquito a poco recuperaré el amor de mi amada.

4 comentarios:

  1. mmm...me parece que le estás errando, cariños

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    1. Sí, Anó, soy consciente de que la Fanta se prepara con jugo de sobrecito, pero en ese lugar sólo vendían jugo exprimido.
      Saludos!

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  2. ¿Tiene algo que ver la Fanta con la elefanta?

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    1. Lo mismo que la Pepsi con el Ñandú.
      Saludos!

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