jueves, 8 de agosto de 2013

Día 220 - Encuentro espiritual

Hoy me desperté cantando “Muchas cosas”, de Las Pastillas del Abuelo. Vicky despertó evidenciando un notable cambio de actitud. Pasó de no dirigirme la palabra a contarme cosas de su vida y de su infancia de las que nunca me había hablado. Para mí fue un alivio que hubiera renunciado a su enojo y le pedí que me acompañara al conventillo para seguir de cerca la adaptación de Enrique a la Fundación PROPEL.
—¿Quién es Enrique? —me preguntó.
—¿Cómo? ¿No te conté de Enrique? Es el nuevo Pelotudo del Centro.
—¿Y cuál es su Problema?
—Cada vez que dice una mentira, canta en lugar de hablar —le expliqué.
—Y ¿dónde duerme? Porque no había lugar para uno más.
—Te cuento en el camino —le dije y abandonamos el monoambiente.

Unos minutos más tarde estacioné la furgonetita en la puerta del conventillo. Bajamos, entramos, subimos a la planta más alta y nos sorprendimos al encontrarnos con el Centro vacío. Ninguno de los Pelotudos estaba ahí; tampoco sus mujeres, ni Luján ni el mimo… Nadie. Nos sentamos frente a frente, cada uno en la parte baja de una de las cuchetas matrimoniales. Unos pocos segundos de verla sentada ahí, esperando sin saber qué esperaba, me bastaron para darme cuenta de que es la mujer con la que quiero tener hijos y pasar el resto de mi vida.
—¿Sabés una cosa? —le dije.
—¿Qué? —me preguntó.
Pero justo cuando iba a decirle una cursilería, el griterío proveniente de la terraza hizo que se pusiera de pie y subiera las escaleras. La seguí de cerca. Arriba, sentados en ronda sobre el piso, los Pelotudos, sus mujeres, Luján, el mimo, Héctor “Bicicleta” Perales y “La Mole Moni” oían las palabras de un hombre que, en un cocoliche entre el portugués y el español, les hablaba acerca de Dios, de la creación, de la existencia… El hombre que hablaba era aquel pastor de la Iglesia Universal del Reino de Dios que me había exorcizado. Por respeto, esperé a que concluyera su disertación, que se prolongó por más de dos horas, y me acerqué a Bicicleta para preguntarle qué era lo que estaba sucediendo.
—Un encuentro espiritual —me dijo— que organizamos junto al pastor cada año. Invitamos a todos los inquilinos a participar y, como tu gente está viviendo acá, los invité, aceptaron y acá estamos. Pero quedate tranquilo, Don Natalio, que el domingo termina.
De inmediato lo llamé a Luján.
—¿Qué hacen acá? —le pregunté al borde de la indignación.
—Nada. Nos invitaron y vinimos a alimentar el espíritu —me dijo— ¿Cuál es el problema?
—Ninguno —le respondí—. Vos podés hacer lo que quieras, pero ¿por qué lo trajeron a Nando? Si sabés que sube escaleras pero no las baja.
—Eh… Ah… Uh… No me di cuenta.

La puta madre. Ahora este Pelotudo se niega a bajar y pretende quedarse a vivir en la terraza. Ni el pastor ni Vicky ni Bicicleta pudieron convencerlo.

6 comentarios:

  1. Che, y si lo suben a cococho de alguien, ¿no bajaría?

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    1. Muchas gracias por la sugerencia, Fernando. Te hice caso, probé, no funcionó.
      Saludos!

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  2. Hay que hacer como con Mario Baracus que ni quería viajar en avión, un somnífero y abajo sin escalas, saludos

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    1. No es una mala idea, Anó. Se la comenté a Luján, pero se opuso y yo solo no podía bajar el cuerpo por las escaleras.
      Saludos!

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  3. Tienen que hacer como con Mario Baracus, un somnífero y escaleras abajo sin escalas, saludos

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    1. No insistas, Anó. Ya te dije: no fue posible.
      Saludos!

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