jueves, 6 de junio de 2013

Día 157 - Un ángel me vino a buscar

Hoy me desperté en la parte trasera de mi furgonetita Volkswagen cantando “Algún lugar encontraré”, de Andrés Calamaro. Anoche los Pelotudos y yo recibimos un regalo inesperado. Una vecina del barrio nos trajo una bolsa llena de sándwiches.
—Tomen —nos dijo—. Para que no se duerman con el estómago vacío.
—Señora —le dijo el Pelotudo Irónico—, es usted un ser humano excepcional y no tengo dudas de que va a solucionar el problema del hambre en el mundo.
La señora le agradeció sus palabras y se fue. El Pelotudo Superficial miraba con ansiedad cómo cada uno de nosotros sacaba un sándwich de la bolsa. Cuando llegó su turno, sacó el último sándwich que quedaba, lo arrojo al piso y se aferró a la bolsa como si de un oso de peluche se tratara.
—Vos sí que sos un tipo centrado —le dijo el Pelotudo Irónico y, tras dar otro mordisco a su sándwich, se dirigió al resto de nosotros—. Mmmm. ¡Esto es un manjar! Le agradezco a Dios por poder compartir esta cena con ustedes.
Era evidente que a estos dos Pelotudos sus Problemas los habían desbordado. No podía quedarme de brazos cruzados, por lo que, aprovechando que era miércoles, decidí llevarlos a la sesión del Grupo de Contención y Rehabilitación para Ex Asistentes a Grupos de Ayuda para Gente con Problemas Pelotudos. Allí Vicky y los demás podrían darles una mano.
Unos minutos antes de las diez, estacioné a la vuelta del lugar en el que había funcionado nuestro Grupo de Ayuda, les indiqué cómo llegar y les pedí que no le dijeran a nadie que yo había sido quien los había llevado. Pese a mi pedido, tal vez por estar acostumbrado a tratar con el Pelotudo Irónico, el Pelotudo Superficial les contó a todos y cada uno de los asistentes a la sesión que un tal Don Natalio Gris los había acercado hasta allí en su furgonetita Volkswagen. Cerca de la medianoche, regresaron, pero no estaban solos. Por el espejo retrovisor pude ver que Vicky, la ex loca de los guantes de cocina, caminaba junto a ellos. Alarmado, quise arrancar e irme, pero los nervios me jugaron una mala pasada y no llegué a embocar la llave antes de que Vicky abriera la puerta del acompañante y subiera a la furgonetita.
—Dejá, nos volvemos caminando —me dijo el Pelotudo Irónico sin que yo le hubiera dicho nada—. Muchas gracias igual por el ofrecimiento.
—¡Qué amable que es ese señor! —me dijo Vicky— Además, te quiere un montón. Se pasó toda la hora hablando maravillas acerca de vos. ¿Qué pasó, Natalio? ¿Por qué te fuiste?
—Porque les fue tan bien con Arnoldo y están todos tan contentos con su llegada, que no quiero entorpecer el desarrollo de las cosas. Es evidente que me consiguieron un buen reemplazo y, antes que convertirme en un estorbo, prefiero ser un lindo recuerdo.
—Pero, ¿vos sos boludo? —me preguntó y posó su mano izquierda en mi nuca— Arnoldo es un tipazo, sí, pero no es tu reemplazo. Vos sos irreemplazable. Te extrañamos y te necesitamos con nosotros.
—No sé. Estoy confundido. Siento que necesito encaminar mi vida en otra dirección. No me falta mucho para cumplir los treinta y siento que me espera una crisis profunda e insuperable.
—No te preocupes —me dijo—. Yo voy a estar ahí para ayudarte a superarla.
Como esos galanes de las películas en blanco y negro de las que me hablaba mi abuela, acercó mi cabeza a la suya y nos dimos un beso intenso y prolongado.
 Hoy me desperté en la parte trasera de mi furgonetita Volkswagen cantando “Algún lugar encontraré”, de Andrés Calamaro. Vicky, mi amada, despertó junto a mí. Sí, pasamos la noche juntos. No quiero apresurarme ni entorpecer las cosas poniendo un nombre a lo que no lo necesita, pero me parece que tengo una novia.

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