jueves, 7 de febrero de 2013

Día 38 - Sigo siendo el Rey

Hoy me desperté cantando “El Rey”. Por lo que pude investigar en la internet, la canción fue compuesta por José Alfredo Jiménez, pero, por los alaridos que pegué, me parece que el dj en mi cabeza me hizo cantar una versión casera grabada por tres mariachis que habían sido encerrados en un baño químico después de haber pasado ocho días de jarana. Anoche asistí a mi quinta sesión del Grupo de Ayuda para Gente con Problemas Pelotudos con la satisfacción de haber conseguido socios tanto para el proyecto de “El Pasea Porros” como para el del salón de belleza en los velorios. A pesar de los avances, mi felicidad no era completa, porque sentía que mi tercer proyecto, el de convertir a Vicky en campeona del mundo, se había estancado irremediablemente. Pensando en mi salud mental y en la necesidad de reservar energías para mis otros emprendimientos, decidí que olvidaría el asunto del boxeo al menos por un tiempo.
Como tenía la sospecha de que los demás Pelotudos se juntaban antes para hablar mal de mí, llegué al lugar cuarenta y cinco minutos antes de que comenzara la sesión. ¡Me cago en mi paranoia! Si hubiera tenido que esperar en soledad no me habría molestado, hasta habría podido dedicar ese tiempo muerto a pensar en el desarrollo de mis proyectos, pero, para desgracia de mi paciencia, Hernán ya estaba ahí, sentado en su silla vaya uno a saber hacía cuánto. Me senté a su lado y se pasó los cuarenta y cinco minutos describiéndome los distintos modelos de controles remotos universales. ¡Pobre Pelotudo! Cada vez es más fuerte en mí la sensación de que, en lugar de proveer estrategias para la resolución de los verdaderos problemas, este tipo de terapia termina convirtiendo una pelotudez en un problema serio.
Mientras Hernán me enumeraba las diferencias entre el CR-28 de RCA y el zp505 de Zenit, caí en la cuenta de que, si quería, podía irme a la mierda, porque ya nada me ataba al Grupo de Ayuda. Me había quedado sin trabajo, por lo que ya no tenía sentido que siguiera yendo nada más que para ganarme el favor de mi terapeuta amigo con el fin de que me firmara los certificados para tomarme “licencias especiales”. Lo de Vicky había sido un lindo sueño, pero no podía andar detrás de una mujer que había respondido a un beso inocente con un cross de derecha fulminante. De todos modos, opté por quedarme. Me dije que aquella sería mi última sesión. Quería verla por última vez, mi loca linda con guantes de cocina.
Uno a uno fueron llegando los Pelotudos, Vicky incluida. Durante la sesión, ninguno de los dos participó en los debates, ninguno de los dos fue locuaz al referir los avances de su problema. Varias veces la descubrí mirándome a la cara, y cuando yo le devolvía la mirada, ella bajaba la vista y la posaba en mis manos. Al terminar la sesión, me despedí de todos con la convicción de que ya no los vería. Sentí algo de nostalgia y preferí no informarle al moderador que ya no regresaría.
Cuando salí a la vereda, miré al cielo y respiré profundo. De repente sentí que una textura suave hacía contacto con mi hombro. Era Vicky, que me llamaba desde atrás golpeándome suavemente con su mano enguantada.
—Don Natalio —me dijo, y su tez comenzó a sonrojarse—, te quiero pedir disculpas por haberte pegado. Vos estuviste mal al besarme sin mi consentimiento, pero debo admitir que mi respuesta fue un tanto exagerada.
Como toda respuesta, tartamudeé la primera sílaba de una palabra inexistente.
—La última vez dijiste —continuó ella— que habías elegido el nombre Don en honor a Don King, porque habías sido entrenador de boxeo, o algo así. ¿Es verdad?
Asentí con la cabeza.
—Bueno —dijo ella—, yo estuve pensando que me vendría bien encontrar una actividad que me permita descargar energías para no seguir golpeando a hombres indefensos, y me pareció que tal vez podrías enseñarme a boxear.
—¿Cómo no? —le respondí, sin creer lo que había escuchado ni saber lo que estaba diciendo—. Lunes y martes son feriados… Venite el martes para mi gimnasio. Pasame tu número de teléfono y arreglamos bien.
¿Puedo ser tan pelotudo? ¿La invité a mi gimnasio? ¡Si yo no tengo un gimnasio! Ni siquiera consigo que me dejen entrar a uno. Bueno, no importa. Algo voy a inventar. Ahora tengo motivos para seguir yendo al Grupo de Ayuda y, lo mejor de todo, tengo motivos para ser feliz… Con gimnasio o sin gimnasio yo a Vicky siempre la entreno y una campeona va a ser, no tengo ni una mancuerna, ni bolsa, guantes o vendas, pero sigo siendo el Rey...

2 comentarios:

  1. Puesto así, Don Natalio, da mucho más formal, infunde respeto, remite a la maffia.
    Pero, en lo personal, no me gusta que me digan con Don.

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    1. No es tan grave, Don Fernando, es cuestión de acostumbrarse. Saludos!

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