domingo, 24 de noviembre de 2013

Día 328 - Mi pequeño casamiento ruso

Hoy me desperté cantando “Luciendo mi saquito blusero”, de La Renga. Anoche la pasé a buscar a Justicia Social por la puerta de su casa y fuimos al casamiento de Igor. Para impresionarla, no fui en la furgonetita Volkswagen, sino que alquilé una limusina. Pensé que quizá no fuera muy expresiva, porque no hizo ni un solo comentario; tampoco esbozo ningún gesto de asombro, ni dejo escapar una sola exclamación. Supuse, además, que el poco tiempo de anticipación con el que la había invitado era la causa principal de que estuviera vestida de manera tan poco elegante, con un pantalón de uso diario y un suéter de lana marrón.
La celebración tendría lugar en el restorán-gimnasio de los ruso-ucranianos. Ahí nos dejó el chofer. Ahí bajamos. Contrario a lo que había imaginado, el lugar tenía el aspecto de todos los días. La única diferencia residía en que habían lavado los manteles para la ocasión. Los invitados no eran muchos. A excepción de una o dos caras extrañas, los invitados eran aquellos que día a día, ya fuera por fines laborales o sociales, visitaban el lugar.

Aquel era el primer casamiento al que invitaba a Justicia Social, era también el primer casamiento al que asistía acompañado por una mujer que no fuera mi madre o una de mis hermanas, y la austeridad de la fiesta no me parecía un buen auspicio para nuestra relación, por lo que salí a la calle y busqué en la limusina una caja de habanos y una botella de un whisky muy caro para brindar con el novio. Antes de regresar al restorán, le dejé trescientos dólares al chofer y le di la indicación de conseguir, como fuera, cotillón para que en la boda hubiera carnaval carioca.
Después de comer, y brindar, y fumar los habanos, atravesamos la cocina y pasamos al gimnasio. Allí se armaría el bailongo. Ni bien llegamos, fui al baño. Mientras estaba ahí, alguien golpeó la puerta.
―¡Ocupado! ―dije.
―¿Quién está ahí? ―me preguntó la voz al otro lado de la puerta.
―¡Qué te importa! ―le dije― Está ocupado y punto.
―¿Señor Gris? ―arriesgó con timidez.
Salí. Aquel hombre era el contacto de Luis Miguel que debía informarme los detalles del caso por el que yo había sido invitado al casamiento. Me dijo que debía seguir con atención al jefe de la mafia rusa, ver si abandonaba la boda en algún momento y, en caso de ser así, registrar las horas de partida y regreso.
Volví a la fiesta y, como si fuera consciente de la misión, Justicia estaba hablando con el jefe. Me acerqué y me sumé a la conversación.
―Natalio, no me dijiste que conocías a una mujer tan agradable ―me dijo.
No supe qué responder. Por más de dos horas, mientras de fondo sonaban, una tras otra, canciones tradicionales rusa, hablaron acerca de los que, por la pasión con la que se manifestaban, supuse que serían los Beatles rusos: Marx, Trotsky, Lenin y Stalin.
A eso de las tres de la mañana, el jefe salió, y yo salí detrás, pero no para seguirlo, sino para buscar el cotillón que le había mandado a comprar al chofer de la limusina. Volví a entrar intuyendo que los invitados me adorarían. Me acerqué al dj, le ofrecí cien dólares disimuladamente y le pedí que pusiera música brasilera.
Para impresionar a Justicia, debía bailar como nunca antes había bailado. Cerré los ojos para lograr una mayor concentración y, mientras extraía elementos de cotillón de la bolsa y los arrojaba hacia arriba, comencé a menear mi cuerpo al ritmo de la primera canción. Cuando me sentí seguro de estar moviéndome correctamente, abrí los ojos y me sorprendí al notar que me había quedado solo, solo con el dj. Todos los invitados habían vuelto al restorán. La idea del carnaval carioca no había prendido.
Media hora más tarde, regresó el jefe; cuarenta minutos más y volvió a salir, pero regresó en menos de treinta y cinco minutos. ¿Adónde iba? ¿Qué iba a hacer? No lo sabía, pero tampoco me pagarían por averiguarlo.
Alrededor de las seis de la mañana, la fiesta que jamás había comenzado concluyó. Salimos a la calle para descubrir que ya había amanecido, subimos a la limusina, desperté al chofer, llevamos a Justicia hasta su casa y después me llevó a mí hasta la mía.

Me fui a dormir con la satisfacción del deber realizado, pero con la sensación de que, lejos de disfrutar, Justicia había padecido aquella fiesta de casamiento.

5 comentarios:

  1. Y bueno, se nota que no son gente divertida los rusos, Don Natalio. Por eso tienen Perez Troika (no recuerdo el nombre de la chica), y no Jogo Bonito (tampoco recuerdo el nombre del chico)

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    1. La chica se llama Brenda y el chico Luciano.
      Saludos!

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    2. ¡Gracias por la información, Don Natalio!

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  2. Él esfuerzo aunque en vano denota que estás tratando de living la vida loca Don Natalio, good for you!

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    1. Hay palabras que no entiendo, Anó, y me impiden comprender el sentido de la oración. Pero te agradezco de todos modos, pues presumo que se trata de buenos deseos.
      Saludos!

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