jueves, 21 de febrero de 2013

Día 52 - Las uñas del rencor

Hoy me desperté con un fuerte dolor de cabeza y un ardor insoportable en la punta de los dedos, cantando “Todavía una canción de amor”, de Los Rodriguez. Anoche, después de haber entrenado durante varias horas en el gimnasio en el que convertí mi departamento, Vicky, la loca de los guantes de cocina, tomó una ducha y se quedó a cenar. Con la excusa de repasar algunos movimientos pugilísticos, tenía pensado demorarla un buen rato después de comer para, cuando fuera demasiado tarde, invitarla a dormir sin que quedaran en evidencia mis verdaderas intenciones. Para mi sorpresa, Vicky tenía otros planes, o los mismos que yo, pero sin la necesidad de andar urdiendo estrategias estúpidas.
Ni bien terminó de bañarse, salió del baño y me pidió que le prestara una remera y un pantalón corto. Un toallón le cubría el cuerpo, tenía el pelo envuelto en una toalla y llevaba puestos los guantes de cocina que le había regalado. Afectado por una tartamudez repentina, le dije que buscara en mi habitación.
—¿Por qué no vas a comprar algunas cervezas? —me gritó desde el dormitorio mientras se cambiaba.
Busqué mis llaves y salí corriendo, para no darle tiempo de arrepentirse. Me resultaba extraño el cambio repentino en su actitud, mucho más atrevida y sugestiva que unos minutos antes; pero así como nunca me había preguntado el porqué de los constantes rechazos que superpoblaban mi biografía, no iba a detenerme a analizar por qué esta mujer había empezado a insinuárseme de forma insospechada.
Bajé las escaleras a toda velocidad, fui al supermercado chino, compré cinco cervezas, una botella de vodka, un jugo de durazno, una botella de Gin, limón, agua tónica, una botella de ron, una de fernet, tres coca colas y una botella de whisky. Sí, quizá me excedí en la cantidad, pero entre la escasez y la exageración elijo siempre la segunda opción. Además, sé por experiencia ajena que el alcohol, cuando es tomado en su justa medida, potencia el rendimiento sexual. El problema radica en que una vez que se me calienta el pico me es muy difícil interrumpir la ingesta etílica en “la justa medida”. De todos modos, me tenía fe. Tenía sobrados motivos para controlarme.
Entré al departamento y ahí estaba ella, sacando una asadera del horno con sus guantes de cocina. Era la primera vez que la veía usándolos para lo que habían sido hechos. ¡Parecía tan normal! Yo estaba demasiado ansioso y, lo que era peor, mi ansiedad se hacía evidente debajo de mis pantalones. Necesitaba tranquilizarme. Afortunadamente, el día de la cata de cannabis había sobrado un poco de cada varietal (paraguayo prensado a baño maría de kerosene, macoña capoeírica traída del corazón del Amazonas, floripondio peruano, hachis saborizado producido en el valle del Rif y el ultra potente cafénnabis colombiano). Sumando el excedente de los cinco, junté lo suficiente como para armar un porro. Advertido acerca del efecto nocivo de la mezcla, que incluía, entre otros síntomas, el mareo, las náuseas y la pérdida de memoria (eso sí lo sabía por experiencia propia), me encerré en el baño y fumé una sola pitada. No sabía con exactitud qué iba a suceder, pero quería atesorar con lujo de detalles el recuerdo de esa velada mágica. Durante la cena, tomé dos vasos de cerveza, y ni un sorbo más. No sé quién tomó la iniciativa, pero salteamos el postre y fuimos a la habitación. Vicky apagó la luz y no recuerdo nada más. ¡Me cago en la puta madre! O el cannabis es más potente de lo que yo creía o la muy turra me puso algún somnífero en la bebida.
Hoy me desperté con un dolor de cabeza insoportable, acostado solo en mi cama. Me levanté y busqué a Vicky en el baño y en la cocina, pero no la encontré, se había ido. La punta de los dedos me arde, sí, me arde porque antes de irse, Vicky, la loca de los guantes de cocina, se tomó el trabajo de comerme, una por una, las uñas de las manos. Por eso su cambio de actitud, por eso se me insinuaba. Lo tenía planeado. En parte me siento responsable por su recaída. Yo sabía que su Problema Pelotudo consiste en que no puede dejar de comerse las uñas y sabía que no se sacaba los guantes de cocina hacía varios meses. Sin embargo, le insistí y le insistí hasta que aceptó quitárselos para ponerse los que yo le había comprado. Después de tanto tiempo, se vio las uñas largas y se descontroló. Puedo sentirme un héroe, porque ofrecí mis uñas para que ella no se comiera las suyas, pero no puedo estar tranquilo, porque por culpa mía ahora anda suelta por la ciudad la Antropófaga Alicate. La llamo al celular y no me atiende. Puede ser una buena señal, quizá no me puede atender porque todavía tiene puestos los guantes de cocina, o tal vez le da vergüenza hablar conmigo. Sea como sea, tengo que encontrarla cuanto antes. Ahora que camino de una punta a otra de mi departamento, siento que me arde la punta de los dedos de los pies. Me gustaría mirar pero no encuentro el valor para hacerlo. Temo que Vicky también se haya comido las uñas de mis pies.

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Sí, Anó Nimo, qué mal haría Vicky si no volviera a hablarme, pero bueno, habrá que tener paciencia.
      Saludos!

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  2. Es increíble, la verdad, no salgo de mi asombro. Ay dios mío!

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    1. Sí, Fernando, dios tuyo, porque de mí el supremo no se hace cargo.
      Saludos!

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  3. jajajaja, qué tal racha!!! bueno ya tienes un recuerdito... tus uñas devoradas!

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    1. Efectivamente, Artemiz. Un recuerdo ardiente.
      Saludos!

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