Hoy me desperté muy temprano cantando “Born to be wild”, de Steppenwolf. Esta vez nadie se acercó a mi puerta para oírme. No me importó; me sentía un tipo duro. Bajé las escaleras, desayuné un yogur dietético con semillas de sésamo y caminé hasta la parada del colectivo que iba a llevarme hasta las oficinas del Ente de Turismo de la Ciudad, lugar en el que debía tramitar la licencia para habilitar el proyecto turístico “El Pasea Porros”. Tuve que dejar pasar tres colectivos, porque venían tan llenos que no entraba ni un alma, y me lamenté por no haberle pedido que me llevara a alguno de los cuatro taxistas con los que me había asociado, pero no quería que se enteraran de que todavía no había hecho el trámite.
En el cuarto colectivo había algo de lugar. Para entrar, sólo tuve que levantar los brazos para ocupar menos espacio y poder pasar entre un hombre ciego y una señora de noventa años con un sobrepeso significativo, un bastón en una mano y una bolsa de supermercado repleta de frutas y verduras en la otra. Frente a ellos había un asiento libre y mantenían una discusión acalorada destinada a determinar a quién de ellos le correspondía ocuparlo.
